ETIMOLOGÍA DE LAS PALABRAS

10.03.2010 21:02

ORIGEN DE LAS PALABRAS

1.       Chauffeur  (Chofer)

El primer vehículo capaz de trasladarse por su propia energía no fue propiamente el automóvil que conocemos hoy, sino un triciclo impulsado por una caldera de vapor. Fue estrenado en 1769 por el ingeniero militar francés Nicolas-Joseph Cugnot para transportar un cañón; después vino la locomotora, también de vapor, y sólo en tercer lugar apareció el automóvil con motor de explosión. En los dos primeros, el agua que producía el vapor a presión se calentaba mediante una caldera alimentada a carbón. El conductor que dirigía las viejas locomotoras, que subsistieron hasta comienzos del siglo XX, era un calderero que avivaba el fuego y cambiaba el agua en la medida de las necesidades de calor de la máquina.

En francés, chaleur es calor, el verbo calentar es chauffer, y la persona que se encarga de calentar una caldera, el calderero, se llama chauffeur, literalmente: 'calentador'. Chauffer procede del francés antiguo chaufer 'calentar', derivado del latín vulgar calfare o calefare, alteración del latín clásico calefacere 'calentar', que procede, a su vez, del latín calere 'arder', 'estar caliente', que viene, en última instancia, de la raíz indoeuropea kel- 'calor'.

A fines del siglo XIX, cuando aparecieron los primeros automóviles, no existía una palabra para designar al sujeto que conducía aquel extraño vehículo sin caballos, de modo que en francés se adoptó el nombre del trabajador que cumplía tal función en la locomotora, que era, como hemos visto, el único vehículo automóvil para pasajeros existente hasta ese momento. Como la cultura francesa contaba por entonces con gran prestigio en España y en América Latina, chauffeur fue rápidamente adquirido por el castellano y adaptado por la Real Academia Española a chofer o chófer, mientras que en inglés y alemán, la palabra francesa fue tomada sin variaciones.

2.       hipocorístico

Llámanse así los apodos cariñosos, habitualmente de origen familiar, formados mediante alteraciones de los nombres originales, tales como Pancho, Mingo, Charo o Lola, incluso a partir de la pronunciación errónea de los niños que están aprendiendo a hablar.

La palabra llegó al español por vía culta, procedente del griego hypokoristikós 'acariciante', derivada de hypokorizomai 'hablar como los niños pequeños'. En la composición de este último vocablo está contenida la palabra griega koré 'niña'.

Esta voz está registrada en castellano por lo menos desde 1867, pero apareció por primera vez en el Diccionario de la Academia en la edición de 1927.

3.       sueño

En castellano hay dos palabras homónimas con significados diferentes, aunque no muy distantes: sueño para designar el 'acto de dormir' y sueño como 'representación de sucesos e imágenes en la mente de quien duerme'.

La primera proviene del latín somnus, y la segunda, del latín somnium. Esta equivalencia no ocurre en las demás lenguas romances: en portugués y en gallego se distingue sono y sonho (en gallego, soño); en catalán son y somni; en francés, el acto de dormir es llamado sommeil y el de soñar, rêve; en italiano, ambas ideas se expresan como sonno y sogno. Sin embargo, Corominas observa que es frecuente, al menos en catalán, que haya transgresiones a la diferenciación de ambos vocablos.

El intento más conocido de sortear las confusiones causadas por la homonimia de estos dos conceptos se observa en la traducción al español de las obras de Sigmund Freud, en las que el traductor Luis López-Ballesteros de Torres usó sueño para referirse al acto de dormir y ensueño, para mencionar el acto de soñar, tan importante en el universo freudiano.

Las dos palabras latinas que dieron origen a ambas formas de sueño provienen de la antiquísima voz indoeuropea swep-no, que cambiando el sufijo -no por -os, como swep-os, dio lugar al latín sopor 'adormecimiento', que llegó a nuestra lengua con el mismo significado.

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